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Arena y Olvido.

  • Foto del escritor: javier iglesias
    javier iglesias
  • 26 mar
  • 3 min de lectura

Arena y Olvido.

En 1975, tras la retirada española del Sáhara Occidental y la posterior ocupación del territorio por Marruecos y Mauritania, miles de saharauis se vieron obligados a abandonar sus hogares e iniciar un éxodo hacia el desierto argelino. Se instalaron campos de refugiados en las afueras de Tinduf que, más de cincuenta años después, siguen existiendo. Las fotografías de esta exposición fueron tomadas en 1998. Las diapositivas originales, conservadas durante décadas, sufrieron con el tiempo la acción de los hongos, la humedad y el deterioro químico. Lejos de eliminar estas marcas, esta obra incorpora esta transformación como parte de la propia imagen. Las manchas, los hongos y las alteraciones en la emulsión se convierten así en una metáfora visible del paso del tiempo. Del mismo modo que el material fotográfico se deteriora lentamente, la memoria colectiva también corre el riesgo de desvanecerse. Estas imágenes hablan de un exilio que se ha prolongado durante más de medio siglo y de un pueblo que sigue esperando.



Cuando empecé a trabajar con estas fotografías del Sáhara, no estaba pensando en el deterioro como lenguaje. Las imágenes fueron tomadas en 1998 con una intención claramente documental: dar cuenta de una realidad concreta, la vida en los campamentos saharauis, la espera, el exilio prolongado.

El deterioro vino después.

Con el paso de los años, las diapositivas comenzaron a transformarse: hongos, humedad, alteraciones químicas. En otro contexto, lo lógico habría sido restaurarlas, limpiar la imagen para devolverle su supuesta pureza original. Pero aquí ocurrió algo distinto: entendí que ese deterioro no era un accidente ajeno al trabajo, sino una capa de significado que dialogaba directamente con lo que las imágenes ya contenían.

Y ahí aparece una diferencia importante con otros autores que trabajan con material encontrado o dañado.

En el caso de Erik Kessels, por ejemplo, hay una apropiación consciente de imágenes existentes, muchas veces anónimas, donde el archivo, el error o la sobreproducción de imágenes forman parte del propio concepto. El material ya llega cargado de una historia ajena que él reorganiza.

Algo similar ocurre con Joachim Schmid, que trabaja con fotografías encontradas, imágenes descartadas, y construye un discurso sobre la acumulación, el uso y el abandono de la imagen en la cultura contemporánea.

Incluso en el caso de Christian Boltanski, donde la memoria y la desaparición son centrales, la imagen funciona muchas veces como un vestigio, como un rastro fragmentario que ya nace desde la ausencia.

En todos estos casos, el punto de partida está en el archivo, en lo encontrado, en lo ya marcado por el tiempo o por el anonimato.

Mi caso es distinto.

Yo estuve allí. Yo hice esas fotografías. No trabajo con imágenes encontradas, sino con imágenes vividas. Y eso introduce una responsabilidad distinta.

El deterioro no es el origen del trabajo, sino algo que ocurre después, casi como una segunda historia que se superpone a la primera.

Por eso, más que utilizar el deterioro como un recurso estético, lo que hago es aceptarlo como parte del proceso temporal de la propia imagen. De algún modo, la materia fotográfica ha envejecido al mismo tiempo que la situación que documentaba permanecía sin resolverse.

Las manchas, los hongos, las alteraciones no son solo texturas: son una metáfora involuntaria pero precisa de algo que sigue ocurriendo. Mientras la imagen se degrada, la vida en los campamentos continúa en una especie de suspensión histórica.

Y ahí aparece una tensión que me interesa mucho: la fotografía, que tradicionalmente se entiende como un medio para fijar y conservar la memoria, aquí se convierte también en prueba de su fragilidad.

No solo documenta el paso del tiempo. Lo sufre.

Por eso decidí no restaurar las imágenes. No tendría sentido limpiar la superficie y eliminar justamente aquello que está diciendo algo esencial sobre el contenido.

No se trata de estetizar el deterioro, sino de reconocer que el tiempo ha actuado tanto sobre las personas como sobre la imagen.

Y que, en cierto modo, ambas cosas —la realidad fotografiada y la propia fotografía— comparten ahora el mismo destino: el desgaste, la espera, el olvido.


 
 
 

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